sábado 13 de agosto de 2011

Comentario a la homilía de San Josemaría “La libertad, don de Dios”, a la luz de la antropología sobrenatural

(de Fernando Arredondo)



Quizá la primera cuestión que se ha de tener en cuenta para comentar este texto del fundador del Opus Dei es su disposición en el libro, justo después de otra homilía titulada “La grandeza de la vida corriente”, con la que este se abre el. No es arbitrario que se explique al comienzo del libro que la vida corriente de cualquier persona adquiera una dimensión divina por la gracia de Dios, obtenida por los méritos de Cristo, para a continuación apuntar –en esta otra homilía, la que nos ocupa- que esa participación en la vida trinitaria requiere la libertad humana, es decir, la libre adhesión del hombre, que acepta el nuevo orden sobrenatural que Dios le ofrece, ya que la voluntad de Dios no impone necesidad a la voluntad del ser humano, que por su propia naturaleza es libre.



Ambas cuestiones están, por tanto unidas, y supone esta relación un buen fundamento para comenzar el comentario del texto propuesto: la gracia y la libertad están vinculadas. De hecho, la propia libertad es ya una gracia de Dios, como explicaremos más adelante.



El título de la homilía es “La libertad, don de Dios”. Veamos despacio la información que nos ofrece este título. La libertad, constituyente de la naturaleza humana, es decir, del principio de operaciones del hombre (aquello por lo que se mueve), a diferencia del resto de los seres creados –sin hablar aquí de los ángeles- es libre. El ser humano no está estrictamente determinado por unas leyes genéticas que dirigen todo su obrar a lo largo de su vida, aunque estas leyes genéticas a las que también el hombre está sometido, condicionan su obrar en cierto sentido. Sin embargo, el autor añade al sustantivo libertad la aposición explicativa “don de Dios”. Está claro que la naturaleza humana es un don, en tanto que es creada y recibida, pero ¿es un don la libertad, siendo esta parte de la naturaleza humana? ¿Qué añade el hecho de ser don al concepto de libertad, que ya de por sí es constituyente de un don que la engloba llamado “naturaleza humana”?



Al plantearnos estas preguntas hemos de suponer que hay algo en la naturaleza humana que requiere de la intervención de Dios para que exista: la libertad. ¿Por qué? ¿Acaso un hombre no puede ejercer su libertad eligiendo si comer un postre u otro, si dirigirse por una calle o por su perpendicular, si levantarse o sentarse, si hablar o callar, etc.? Sí, todo eso lo puede hacer el hombre. Es lo que se viene denominando libre albedrío o capacidad de elegir entre diversas opciones que se presentan. Ahora bien, para elegir lo bueno, lo que perfecciona a la persona humana, lo que le orienta hacia su fin, hacia la felicidad, la experiencia demuestra que no basta el libre albedrío, sino una claridad del entendimiento para discernir qué es lo bueno y una determinación firme por parte de la voluntad para adherirse a ello, para actuar. Es precisamente en este tipo de opción donde la naturaleza humana necesita del auxilio divino, pues sabemos que por el pecado original, esta se ha desorientado, se encuentra dañada y tiende a lo que la concupiscencia desordenada le ofrece en primera instancia, de modo que acaba por oscurecer el entendimiento y debilitar la voluntad, viéndose el hombre al servicio de sus pasiones. Por tanto tal liberación constituye ya una gracia divina.



Decíamos que la opción buena es aquella que dirige al hombre hacia su fin. ¿Cuál es este fin? Para un cristiano, es decir, para una persona que ha sido elevada a la vida sobrenatural, recibiendo el Espíritu Santo por los méritos obtenidos por Cristo en el Misterio Pascual, de modo sacramental a través de la Iglesia, a la que se incorpora, el fin de su nueva naturaleza es la participación en la vida trinitaria, la divinización, que solo se puede desarrollar de modo pleno en su sentido escatológico, es decir al final de los tiempos, no en este tiempo. Para conocer ese fin, es decir, es necesaria la elevación de la naturaleza al orden de la gracia, de la intervención de Dios en el hombre.



De igual manera, el ser humano, necesita liberar su libertad de la servidumbre a la que nos referíamos anteriormente. “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” se preguntaba San Pablo. Y él mismo se respondía “me basta tu gracia”. Para tener la verdadera libertad, esa libertad que nos permite realizar la voluntad de Dios para cada uno, se requiere la gracia de Dios que rompe las ataduras del pecado, nos mata al hombre viejo y nos resucita al hombre nuevo.



Volviendo al comienzo de nuestra reflexión, y aclarado ya el título de esta homilía, decíamos que se ha querido poner en relación de un modo consciente la idea de gracia con la idea de libertad. Sin entrar ahora a la cuestión de qué es la gracia, ni a la distinción entre gracia santificante o habitual y gracia actual, continuamos leyendo la homilía de san Josemaría.



El texto comienza con una reflexión acerca del “duc in altum”, un mandato que Jesús realiza sobre sus apóstoles estando en el lago de Galilea. El motivo de este pasaje queda bien claro: “Esa multitud que le seguía ha removido el afán de almas que consume su Corazón, y el Divino Maestro quiere que sus discípulos participen ya de ese celo”. Lo que mueve a Jesús es el afán de almas, el amor a los hombres a los que quiere dirigir a su bien personal, al amor a Dios. Y para ello “sugiere a Pedro que eche las redes para pescar”. San Josemaría, de un modo muy delicado, hace una contraposición de los verbos “querer” y “sugerir”. Jesucristo, Dios, quiere algo de los discípulos, pero no obliga a estos a que lo hagan, usando su poder, sino que se lo sugiere, para que lo realicen libremente.

Y ante la aceptación y puesta en marcha de la sugerencia divina, se obra un prodigio de la gracia. Se trata de un milagro: una pesca copiosa donde no había peces. Ante esto el autor considera “os aseguro que, al tropezar durante mi vida con tantos prodigios de la gracia, obrados a través de manos humanas, me he sentido inclinado, diariamente más inclinado, a gritar: Señor, no te apartes de mí, pues sin ti no puedo hacer nada bueno”. Como ya expusimos en el comienzo de este comentario, para obrar el bien, para actuar con auténtica libertad, para realizar las acciones que nos liberan y nos “realizan” como personas, alcanzando nuestro fin, es necesaria la intervención divina. Pero no todo es la intervención divina, puesto que Dios cuenta con nuestra libertad, con nuestra libre correspondencia, por lo que San Josemaría refiere a continuación una cita de San Agustín “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Es decir, no estamos predestinados. No en el sentido protestante de la expresión. Dios nos envía gracias actuales: luces para el entendimiento y mociones para la voluntad, para que obremos bien, pero el secundar esas luces y esas mociones es cosa de cada individuo, que puede aceptarlas o no. De modo que es posible también el rechazo, la posibilidad “de alzarnos contra Dios, de rechazarle –quizá con nuestra conducta- o de exclamar: no queremos que reine sobre nosotros”.



En el siguiente apartado, el titulado “Escoger la vida”, el autor hace una reflexión a la inversa. Hasta ahora ha dado a entender que Dios cuenta con nuestra libertad para aceptar las gracias que envía, por lo que se presupone la gracias, es decir, primero hay una gracia de Dios y después una libertad que la acepta. Pues bien, ahora se parte de la libertad para llegar hasta el concepto de gracia. Dice: “solo nosotros, los hombres –no hablo aquí de los ángeles- nos unimos al Creador por el ejercicio de nuestra libertad”. Unirse al Creador es el concepto mismo de gracia. Por lo que parece deducirse que para estar en ese estado de unión con Dios es necesaria la libertad.



Esto supone un dilema, pues para ser libres necesitamos la gracia, pero para tener la gracia tenemos que ser libres. Parece una contradicción, a no ser que recurramos a la tradición escolástica acerca de la gracia de Dios, que disipa en parte la tal contradicción. Por gracia se puede entender el estado de elevación al orden sobrenatural de la naturaleza humana (la unión con Dios por identificación con Cristo cabeza del género humano), estado al que ya hemos dicho que se accede libremente. Pero también por gracia entendemos las luces y mociones que Dios dirige al entendimiento y voluntad humanos, para que libremente pueda realizar el acto de seguirle. Al primer tipo de gracia se le denomina gracia santificante o habitual, pues se trata de un hábito del alma, que se encuentra unida a Dios; al segundo tipo de gracia se le denomina gracia actual, pues se trata de un acto concreto de Dios para que el hombre realice a su vez otro acto.



Aclarada la terminología de la gracia, podemos decir que para acceder al estado de gracia santificante es necesario que el hombre lo quiera libremente. Y para que el hombre lo quiera libremente es necesaria a su vez una ayuda divina (gracia actual). Deducimos entonces que las acciones del hombre en estado de gracia, en unión con Dios, son acciones que parten del Espíritu Santo, que es quien las inspira (parten del Amor de Dios, son acciones hechas con amor de Dios) y de quien proceden y a quien se dirigen dichas acciones, pero realizadas por la voluntad libre del hombre, por lo que se podría afirmar que son actuaciones divinas y humanas a la vez.



Retomando el argumento del texto, leemos que la realidad del hombre es que con su libertad puede también rechazar la gracia de Dios, por tanto aquello que le dirige hacia su fin. Puesto que el hombre es feliz en tanto se va finalizando, cuando se descamina lo hace de su felicidad: “Si quieres ser perfecto… dice al joven rico. Aquel muchacho rechazó la insinuación, y cuenta el Evangelio que abiit tristis, que se retiró entristecido. Por eso alguna vez lo he llamado el ave triste: perdió la alegría porque se negó a entregar su libertad a Dios”. En contraposición habla ahora de la Virgen María, ejemplo de generosidad con Dios, de correspondencia a la gracia. ¿En qué consiste esta correspondencia? En hacer la voluntad de Dios.



En hacer la voluntad de Dios está nuestra felicidad. Atar la libertad a la voluntad de Dios, que es amable por antonomasia, pues “Deus Charitas est”, es lo que hizo el Verbo que se encarnó obedeciendo y una vez hecho Hombre, dio su vida para que se cumpliera la voluntad de Dios. “El Verbo baja del Cielo y toma nuestra carne con este sello estupendo de la libertad en el sometimiento: heme aquí que vengo, según está escrito de mí en el principio del libro, para cumplir, ¡oh Dios!, tu voluntad”.



Entonces, si la libertad queda atada ¿no deja de ser libertad? El propio autor responde esta pregunta más adelante, cuando escribe: “Insisto, querría grabarlo a fuego en cada uno: la libertad y la entrega no se contradicen; se sostienen mutuamente. La libertad solo puede entregarse por amor […]. Por amor a la libertad, nos atamos. Únicamente la soberbia atribuye a esas ataduras el peso de una cadena. La verdadera humildad, que nos enseña Aquel que es manso y humilde de corazón, nos muestra que su yugo es suave y su carga ligera: el yugo es la libertad, el yugo es el amor, el yugo es la unidad, el yugo es la vida, que Él nos ganó primero en la Cruz”. Esta respuesta está en consonancia con la doctrina acerca de la gracia como unión liberadora con Dios, de la que se viene hablando desde el comienzo de este comentario.



La homilía termina hablando de la responsabilidad que cada hombre tiene ante Dios de sus propias acciones. Aunque san Josemaría habla del pecado (nuevamente de la posibilidad de rechazar a Dios, de perder el estado de gracia, usando mal la libertad) y de la libertad a la hora de seguir a Dios, sin coacciones, podemos también conectar la responsabilidad de un modo más directo con el tema de la gracia, que es el que nos ocupa. Esto último está en clara armonía con la doctrina teológica de la Iglesia –frente a la doctrina luterana- cuando afirma que la seguridad de la salvación solo se tiene cuando esta se haya realizado de un modo pleno en la otra vida, en los nuevos cielos y en la nueva tierra. Por tanto nadie puede decir que esté salvado ya, pues siempre habrá cierta incertidumbre o falta de certeza para conocer si se está o no en estado de gracia. Es cierto que solo nos salvamos por la fe en Cristo, que es quien ha conseguido el mérito en la Cruz, pero esa sola fe no basta, ha de ir acompañada de las obras. De estas obras que confirman nuestra fe seremos juzgados, de ellas deberemos responder individualmente ante Dios.



Por tanto, el fundamento de la relación entre gracia y libertad está en el estado de filiación divina que se adquiere al unirnos a Cristo en su cuerpo místico, que es la Iglesia, por el que ya no actuamos según la carne, sino según el espíritu, en consonancia con nuestra nueva naturaleza, la de hombres nuevos, hijos de Dios. Esta es “la insondable riqueza del cristiano: la libertad de la gloria de los hijos de Dios (Rom 8,21)”.





















En Pamplona, a 13 de julio de 2011








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